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Capitán Gentry: (Carraspea.)

Soldado Ayers:

Vale, iré al grano.


Capitán Gentry:

Se lo ruego.


Soldado Ayers:

Hace seis meses nuestro batallón se dirigía a una avanzada de vigilancia remota en el lado helado de Anselm, para relevar a los pringados que habían estado destacados en ese planeta el año anterior. Acabábamos de salir de distorsión en el sistema y estábamos realizando cálculos para el último salto cuando nos llegó una llamada prioritaria desde Korhal IV: todos los cruceros de batalla de clase Minotauro debían volver a la capital para ser modificados para el combate interatmosférico.


Las instrucciones decían que se debían posponer todas las misiones no críticas, descargar pasajeros y cargamento en el punto de control habitable más cercano y saltar inmediatamente hasta el cuartel general. La recogida correría a cargo de naves militares secundarias, a discreción del mando. Eso sí que nos despejó de golpe. Sabe tan bien como yo que el Dominio puede llegar a usar el término “habitable” con demasiada generosidad.


Capitán Gentry:

Los traslados inesperados son parte de la vida militar, soldado.


Soldado Ayers:

Ya, bueno, no creo que a nadie le gustara quedarse en la cuneta indefinidamente por una simple mejora de vehículos.


Nuestro ordenador de orientación calculó que la roca que más se acercaba a esos criterios era un planeta minero desolado en el extremo del sistema: Sorona. Ya lo ha visto, un planeta color naranja óxido con un fino anillo de asteroides alrededor del centro. Parece un niño gordo con un cinturón sucio.


Capitán Gentry:

(Se ríe, pero se recompone.)


Sí, ya he visto Sorona.


Soldado Ayers:

Bien. Para entonces había sido médica en el batallón 128 durante dos años. Nos llamábamos los Bufones de Acero y nos dirigía el teniente Travis Orran. Solo un puñado de compañeros habían estado en combate y de ellos la mayoría solo había visto pequeñas operaciones de paz. Sí, no éramos los Demonios del Cielo, ya lo sé, pero a los héroes de guerra no se les envía a esperar sentados en Anselm. En cualquier caso, no creo que nadie se esperara que nuestro contratiempo temporal fuera a ser algo más que temporal.


De eso hace seis meses. Seis meses, Doc.


Capitán Gentry:

“Capitán”…


Soldado Ayers:

En todo caso, no nos recibió ningún comité de bienvenida.


Capitán Gentry:

Eso no es infrecuente, soldado. Algunas colonias pequeñas no cuentan con personal suficiente para operar un puerto estelar debidamente.


Soldado Ayers:

No es que llegáramos a la hora de la comida, Doc. Allí no había nadie. Desde hacía mucho tiempo.


El plan del teniente era recoger tantos suministros como pudiéramos cargar y trasladarnos veinticinco kilómetros hasta la avanzada colonial más cercana, un agujero llamado Cask. Allí hablaríamos con el alcalde del lugar y trataríamos de encontrar un buen sitio para acampar el tiempo que hiciera falta. El teniente Orran dijo de broma que por lo menos podríamos tomar el sol antes de seguir hacia Anselm. Hubo algunas risas; creo que todos queríamos ver el lado bueno de la situación.


Los zerg acabaron con eso.

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