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Conseguimos establecer contacto con el líder del lugar, que parecía cada vez más abatido a medida que le decíamos que no, que no formábamos parte de una fuerza mayor y que no, que no teníamos ni idea de cuándo volvería nuestro medio de transporte. El médico de la colonia se había suicidado hacía solo un mes, así que pronto me vi rodeada de civiles enfermos y heridos.


La desnutrición brotó en cuanto empezaron a agotarse los suministros; los civiles recogían todo lo que podían de maltrechos jardines hidropónicos y una especie autóctona de moho que crecía por las paredes sombrías del cañón. Era ácido, sabía a pegamento y tenía un extraño olor a pimienta, pero tenía las proteínas y los compuestos carboxílicos necesarios para evitar que la gente se muriera de hambre. El ácido había desgastado la mayor parte del esmalte de los dientes de los civiles, así que al final me pasé mucho tiempo realizando extracciones dentales. Ya sé que no es lo que uno se esperaría tras un ataque zerg.


La primera oleada de zerg atacó solo una hora después de nuestra llegada. Estábamos descargando el poco equipo que habíamos conseguido traernos cuando sonó la sirena. Entre una alarma y otra pude oír una agitación creciente, parecía que las paredes del cañón empezaban a temblar. El teniente nos ordenó dejarlo todo y apostarnos a lo largo de los muros improvisados que habían levantado los civiles.


Una cosa es que los zerg te tiendan una emboscada. Otra cosa muy distinta es estar preparados, encerrados y armados para recibirlos. Los primeros zergling dieron la vuelta a la esquina para encontrarse con el fuego cruzado de tres rifles C-14 y ocho láseres mineros. Una lluvia de icor roció las paredes del cañón y la siguiente oleada de criaturas se lanzó al ataque. Estos alienígenas, que estaban empapados de los restos de sus parientes, cayeron igual de rápido.


Los siguientes veinte minutos estuvieron llenos de ráfagas de disparos regulares interrumpidas por los siseos de los zerg moribundos. Cuando se hizo evidente que mis habilidades médicas no iban a hacer falta, tomé un puesto en el muro y empecé a disparar con un C-7 prestado.


Disparar. Hacer agujeros húmedos en los zergling. Verlos retorcerse, caer al suelo, sufrir un espasmo antes de quedarse quietos. Juramento hipocrático aparte, me sentí bien.


Capitán Gentry:

¿Mmm?


Soldado Ayers:

Sí. Me sentí muy bien. Meter clavos en esos malditos demonios. Después de que hubieran matado a tantos de los nuestros… poder matar y matar y matar sin más…


(Suena un llanto suave.)


Capitán Gentry:

(A su solapa) Aquí Gentry. Creo que no voy a poder sacarle nada más, traedme un par de médicos y una camilla preparada para…


Soldado Ayers:

¡No! No, estoy bien, solo… solo necesito un minuto.


Capitán Gentry:

(A su solapa) Esperad.


Soldado Ayers:

(Solloza, toma aire)


Le pido disculpas, capitán. Por un momento me he visto de vuelta en aquel lugar…


Capitán Gentry:

Serénese, soldado. El Dominio necesita esta información para salvar vidas. Recuérdelo.


Soldado Ayers:


¿Salvar vidas? Ja. Me alegro de que lo exprese así, Doc. Eso lo hace mucho más fácil.


Entonces mi batallón está perdido en este planeta y los zerg nos atacan a diario. Sin descanso. Sostenemos la barrera. Pasan los días. Las semanas.


Aprendimos a conservar la munición y a usar los láseres mineros que los civiles habían colocado en las plataformas por encima de los muros, para controlar a los xenos. La cuña parecía anular toda ofensiva zerg: daba igual cuántas garras entraran por el cañón, solo podían acercarse lo bastante para arañar las barricadas antes de caer. Casi nos costaba más quemar los cadáveres con los láseres después del ataque.


Nos acostumbramos a la rutina. Los ataques venían a horas distintas del día, pero solo una vez por ciclo de veinticuatro horas. Empezaba con unas pocas docenas de zergling y luego crecía a un ejército: cientos de bichos atropellándose los unos a los otros en masas tan grandes que todos los disparos atravesaban dos o tres cuerpos de una vez.


Capitán Gentry:

Vale, soldado, ahora estamos llegando a la información importante. ¿Qué forma adoptaban los ataques? ¿Solo les atacaban zergling?


Soldado Ayers:

Sí. Les pregunté por los demás tipos de zerg de los que había oído hablar: hidraliscos, ultraliscos, devoradores, ya sabe, todos esos bichos. Al parecer habían formado parte de los primeros asaltos, pero habían disminuido en número a medida que se alargaba el asedio.


Capitán Gentry:

¿Disminuido?


Soldado Ayers:

Al principio, luego desaparecieron del todo. Los colonos lo consideraron un cambio importante en los meses que siguieron; supusimos que era señal de que la población zerg estaba quedando reducida a sus armas más baratas.


Capitán Gentry:

¿Sigue pensando que ese era el caso?


Soldado Ayers:

No. Ojalá hubiera visto lo que era de verdad.


Capitán Gentry:

¿Le importaría darme más detalles?


Soldado Ayers:

Ya llegaremos. Tiene que oírlo todo para entenderlo.


Los civiles nos estaban agradecidos por estar con ellos y se aseguraban de darnos agua del pozo de la colonia y munición que producían en una fábrica de herramientas modificada. La comida y los suministros que nos habíamos traído fueron de ayuda y el soldado Hughes, que sabía de ordenadores, revisó su equipo de comunicaciones. Todo funcionaba bien. Por lo que pudo ver, los mensajes habían salido. Solo que nadie respondía.


(Una pausa larga. El capitán Gentry se vuelve a despejar la garganta.)

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