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Capitán Gentry:

Prosiga.


Soldado Ayers:

Solo empecé a abrigar sospechas unas pocas semanas después.


Capitán Gentry:

¿Sobre el sistema de comunicaciones?


Soldado Ayers:


No, sobre los zerg. ¿Por qué iba a sospechar de las comunicaciones? No soy informática. Fueron los constantes y totalmente inútiles ataques de los zerg los que me hicieron pensar.


Me acordé de una discusión que tuve con mi padre un día después de su clase. Nos habíamos centrado en la teoría evolutiva y cometí el error de quejarme de una de sus máximas, algo de que las mutaciones ocurren con mayor frecuencia en poblaciones drásticamente diezmadas. Yo creía que era ridículo ver una población de organismos como una especie de inconsciente colectivo que reacciona a las amenazas con un razonamiento gestáltico separado del todo.


Capitán Gentry:

¿Razonamiento gestáltico? Soldado, tiene usted un vocabulario excelente, pero lo que acaba de describir con palabras sofisticadas es el concepto universalmente aceptado del cerebrado zerg. No es nada nuevo ni revolucionario.


Soldado Ayers:

Perdóneme, Doc, pero no lo entiende. No es eso lo que proponía mi padre. Afirmaba que un sector concreto de individuos dentro de una especie podía sufrir un aumento general en las mutaciones de sus descendientes debido a la merma de la población. Esto presupone que existe algún tipo de comunicación bioquímica a nivel genético para todas las especies. Hasta para mis moscas de la fruta.


Capitán Gentry:

Entonces, lo que está diciendo es que un grupo aislado puede mutar para afrontar situaciones inesperadas. Es la naturaleza que se escurre por la puerta de atrás con tu cartera, ¿no?


Soldado Ayers:

Bueno, nos estamos acercando.


La teoría me parecía estúpida. No seguía ni fórmulas, ni algoritmos, ni patrones predecibles. En general la ciencia es como una pistola, ¿verdad? La cargas, aprietas el gatillo y esta dispara. Cuando entiendes el mecanismo puedes predecirlo todas las veces. ¿Por qué cree que me uní al ejército? Aparte de los problemas con mi padre, quiero decir. Disparar armas, tapar los agujeros que hacen, ganar la batalla. Sencillo, limpio, fácil. Mi padre odiaba mi sed de simplicidad, un universo en blanco y negro poco realista que llamaba “una insensata fantasía binaria”.


“Maren”, me decía, “a veces A más B no es igual a C. A veces es igual a M, a veces es igual a 42, a veces la respuesta es todo un ensayo. Tienes que aceptar que las preguntas más importantes tienen demasiadas facetas como para contarlas. Tienes que dar un paso atrás y contentarte con la visión general menos precisa”.


Ese curso me suspendió, a pesar de tener unas notas perfectas. Me dijo que no había entendido lo más importante.


Capitán Gentry:

¿Cask la impulsó a replantearse las teorías de su padre?


Soldado Ayers:


Sí. Me duele decirlo, pero sí. Tiene algo que ver con estar perdida en una roca desierta, rodeada de cucarachas homicidas y comiendo moho alienígena. Empecé a percibir la visión general. Mi padre habría estado tan orgulloso de su hija.


En primer lugar, ¿por qué unos alienígenas interplanetarios supuestamente inteligentes iban a lanzar sus tropas sobre un objetivo inexpugnable deliberada y sistemáticamente? ¿Y por qué a un ritmo tan constante y metódico? Desde luego Cask no tenía ninguna importancia estratégica. Ni Sorona, para el caso.


Mis estudios en xenobiología nunca habían avanzado mucho; cuando abandoné la universidad y dejé de estudiar con mi padre todavía no se enseñaba fisiología zerg en la educación superior. Por lo que pude colegir de los vídeos simplistas del campamento de entrenamiento, la Supermente zerg usa una forma adaptativa de ADN para incorporar fragmentos útiles de organismos distintos y no relacionados a su propia paleta genética. Hace que mi modelado genético de las moscas de la fruta parezca un juego de niños.


¿Y si la conciencia que controlaba a esta población hubiera reconocido un dilema único en la avanzada terran de Sorona? ¿Y si la teoría de mi padre era cierta? ¿Y si la relación inversa entre el índice de supervivencia de una población y las mutaciones aleatorias fuera un concepto que esta conciencia no solo entendía, sino que utilizaba para superar obstáculos cuando no funcionaba ninguna otra táctica? ¿Era nuestra resistencia desesperada un maldito campo de pruebas para el enemigo?


Capitán Gentry:

Estoy impresionado, soldado. No puedo explayarme, pero sus análisis de campo encajan con gran parte de los datos que ha recopilado nuestro equipo táctico. ¿Cuál fue su conclusión?


Soldado Ayers:

Tenía que saberlo. Tenía que saber si nos estaban utilizando, si estábamos ayudando a los zerg al colaborar con una estrategia de mutación forzada. Teníamos que encontrar a la colmena responsable de esta población de xenos. Teníamos que destruirla.


El teniente se rió de mí. Traté de explicárselo de nuevo y me interrumpió; esta vez con expresión severa. Me dijo que no sabía cuánto tiempo íbamos a estar perdidos en aquella roca y que, gracias al dios que protege a los soldados ateos, había dado con una forma de mantener vivo a su batallón en mitad de un asalto zerg. Iba a quedarse donde estaba y esperar a que llegara la caballería. “Deje la ciencia para los científicos, soldado”.


Eso me dolió. Aunque no se lo crea, me dolió. Llevaba años intentando distanciarme de mi padre y su mundo de ensoñaciones intelectuales, y ahora ansiaba esa comprensión. Esa perspectiva. Estaba literalmente inmersa en el centro de lo que podía ser el siguiente paso evolutivo de toda una especie y me faltaban las herramientas, la formación y el apoyo para hacer nada de provecho.


Capitán Gentry:

¿Y qué hizo?Soldado Ayers:

Hice lo que pude. Esperé hasta que terminó el siguiente ataque y salté al otro lado de la barricada.


Capitán Gentry:

¿A por un poco de investigación de campo?


Soldado Ayers:

Exactamente.

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