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Capitán Gentry:

Mientras tanto, sus tropas seguían sufriendo ataques diarios de los zerg, ¿es correcto?


Soldado Ayers:

¿Los zerg? Oh, no. Dejaron de venir.


Capitán Gentry:

¿Dejaron de venir?


Soldado Ayers:


Sí, señor. Un último asalto la mañana siguiente a mi accidente y luego nada. Delme me dijo que todo el mundo abrigaba un precavido optimismo y yo también me atreví a tener esperanza. Quizá sí era una especie de infección milagrosa que había acabado con los zerg. ¿Le debíamos la vida al moho de Sorona?


El teniente Orran cedió después de unos días y me dejó salir del confinamiento. No sé quién se sintió más aliviada, si la soldado Delme o yo. Pasó otra semana sin incidentes y el teniente decidió a arriesgarse a enviar un equipo de exploración. Eligió a tres soldados de entre un mar de manos alzadas. Todos sufríamos claustrofobia después de tanto tiempo en esa maldita cuña.


Encontré algunas herramientas y me puse a reparar mi pobre traje derretido. Conseguí liberar las juntas de las piernas lo bastante como para poder volver a ponerme ese trasto. Con zerg o sin ellos, prefería andar en mi traje de combate modificado. Ya no era la loca que se creía científica, era una médica del Dominio. Un moho infeccioso había acabado con la visión que tenía mi padre de la naturaleza como una carterista astuta.


Capitán Gentry:

Ya, ya. ¿Qué encontró el equipo de exploración?


Soldado Ayers:

Todos sentíamos curiosidad, hasta los civiles se acercaron cuando volvió el equipo con la esperanza de oír que ya no habría más ataques. El teniente Orran decidió romper el protocolo y escuchar el informe delante de la gente.


Les preguntó si se habían encontrado con alguna hostilidad. Los tres soldados se miraron y sonrieron. El soldado Godard hasta se echó a reír. Dijeron que se habían encontrado con un valle entero lleno de zerg enfermos y moribundos. Afirmaron que las bestias estaban hinchadas con alguna infección, que no se podían mover.


El soldado Evans dijo que se habían pasado la tarde vaciando sus cargadores sobre “esos pobres cabrones”.


Los civiles estallaron en gritos de alegría y el teniente Orran lucía una gran sonrisa. Era la primera vez en mucho tiempo que las paredes de aquel cañón reverberaban con algo parecido a la esperanza. Pero algo que había dicho el soldado me sonó raro. A lo mejor le había oído mal. Tuve que gritar para hacerme oír.


Le pregunté si de verdad habían vaciado todos sus cargadores. Le pregunté cuántos zergling enfermos habían visto. Evans sonrió y se encogió de hombros. Dijo que no estaba seguro, pero que el valle estaba lleno de ellos.


Me invadió una ola de frío. Algo iba mal. Muy mal. Una enfermedad infecciosa resulta en una población con menos descendencia, no más. Los zerg no estaban muriendo. Habían encontrado su mutación. Estaban produciendo una nueva cepa y la cuña estaba a punto de estallar.


Me di la vuelta y eché a correr. El teniente Orran me llamó, confundido por mi reacción. Tenía que llegar a la estación de comunicaciones, tenía que intentar enviar un mensaje. No recuerdo cuánto corrí, pero llegué a la estación justo cuando las primeras explosiones empezaron a resonar por Cask.


(Otra pausa larga.)


Capitán Gentry:

¿Soldado?


Soldado Ayers:

Ya sabe el resto, o al menos la mayor parte. Recibieron mi mensaje. Vinieron. Con la motivación adecuada llegaron con toda una flota de cruceros de batalla en solo cuatro días. ¡Cuatro putos días! ¡Llevabais meses escuchando cómo se moría esta colonia y no movisteis un maldito dedo hasta que tuvimos una maravillosa información militar para vosotros, monstruos!


Capitán Gentry:

Le pediré una vez más que termine su informe, soldado. Está en terreno pantanoso.

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