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Walden estaba en calzoncillos y camiseta, tendido en algo que podría considerarse una cama, viendo la UNN, la red de noticias del Dominio en una holopantalla. Poder estirar las piernas sin la molestia del neoacero seguía resultando agradable, pero no estaba tranquilo, ni mucho menos. La reportera de la UNN, Kate Lockwell, estaba contando una noticia acerca del acto terrorista más reciente de Jim Raynor en Halcyon. El muy cabrón había volado un colegio, en nombre del desafío contra lo que él llamaba un “gobierno imperial corrupto que explota a sus propios ciudadanos”. ¿Cómo podía un hombre vivir consigo mismo después de hacer algo así? Yo elegiría un régimen imperial antes que uno terrorista sin dudarlo… Y pensar que algunos le llaman héroe. La cara de Raynor aparecía en la pantalla. Parecía diferente del hombre que aparecía en los objetivos de los campos de tiro del Dominio. Se había dejado el pelo largo y el peso de los años que había pasado a la fuga había hecho mella en su rostro: parecía mayor, quizá más triste.


Un fuerte grito obligó a Walden a incorporarse. No había oído un grito como ese desde los últimos días de la Guerra de Razas. Días que prefería olvidar. Saltó de su cama justo a tiempo para contestar a los golpes contra su puerta.


Brody cayó sobre él en un charco rojo. Su estómago estaba rajado y la sangre caía, sangre y tripas literalmente. Su cara estaba pálida y se agarró desesperadamente a la camisa de Walden hasta que se rasgó.


–Oh, joder, joder, joder. ¡Aguanta, Brody! ¡Aguanta! –Walden se arrodilló, abrazando al tembloroso cabo.


–Hendrix… –consiguió decir Brody –, Hendrix no es Hendrix. Es… es…


–¿Qué es, Brody? ¿Qué?


–Zerg –susurró mirando hacia arriba sin moverse–. Zerg. –El susurro se volvió más débil y su seca respiración se detuvo.


¿Zerg? ¿Hendrix es un zerg? Aquello no tenía sentido. Pero entonces Wynne y Jenkins llegaron corriendo por el pasillo.


–Sargento… núcleo del reactor. Esa cosa está en el núcleo del reactor. Vamos. –Ambos tenían fusiles de dardos y estaban totalmente decididos a atrapar a su presa. Sin pensar, Walden salió corriendo, olvidando su pistola.


–¡Tenemos que llevar a Brody a la enfermería! –ordenó Walden.


–Es demasiado tarde, Sargento, no sobrevivirá –dijo Jenkins –. Tenemos que asegurarnos de que nadie más acabe así.


–¿Qué cojones estamos persiguiendo? –preguntó Walden, jadeando y su ritmo cardíaco en aumento.


–Hendrix no es Hendrix. Acabábamos de terminar la partida de póker cuando lo pillamos en la sala de operaciones buscando códigos de seguridad. –Jenkins estaba farfullando mientras corría al ritmo de un atleta profesional–. Cuando le pregunté qué coño estaba haciendo, se giró, me sonrió y se fue. Le cogí por el brazo y me dio un puñetazo… como no me lo habían dado nunca. –No mentía acerca de eso, la cara de Jenkins tenía la parte superior de un ojo hinchada.


–Echó a correr. Brody… Brody le hizo un placaje –escupió Wynne–. Entonces él… joder… él… Hendrix cambió. No era más que babas y tripas, como una persona del revés. Él… eso… su mano se convirtió en un hueso… como una cuchilla… y… la usó para apuñalar a Brody en el estómago.


–Pero Brody fue capaz de dispararle y le alcanzó. Le hirió antes de que huyera –añadió Jenkins.


–¿Dónde cojones están los de seguridad? –consiguió decir Walden.


–Poniéndose los trajes, Sargento. Escuchan la palabra zerg y de repente todo son CMC y gauss –respondió Wynne. Esta vez su voz no contenía ni el más leve indicio de risa.


La cabeza de Walden no paraba de dar vueltas. ¿Cómo podía Hendrix ser un zerg? ¿Qué le iba a decir a la mujer de Brody? ¿De qué diablos estaban hablando?


Estaban siguiendo un rastro de sangre esparcido por el suelo, pero no era sangre terran, de ningún modo. Se coagulaba en espesos trozos de caos protoplásmico que resultaban nauseabundos.


–Tenemos que atrapar a esa cosa antes de que escape –dijo Jenkins mientras doblaban una esquina, siguiendo la biomateria a través del corredor metálico hacia una puerta acorazada.


Wynne abrió la puerta rápidamente. Dentro, tirado en el suelo en un charco de sangre se encontraba el cadáver reciente de un piloto de VCE. Sus ojos sin vida les observaban. Su barba estaba empapada por su propia sangre, y su expresión mostraba sorpresa y arrepentimiento.


–Se fue por aquí –dijo Wynne siguiendo el rastro de materia hacia una trampilla.


–Sargento, quédese aquí y haga que los de seguridad vayan por aquí en cuanto lleguen. Nosotros iremos a por esa cosa –insistió Jenkins.


–Lo siento, soldado. Eso no va a pasar –ordenó Walden, aunque cada fibra de su ser no deseaba más que asentir–. Jenkins, esta es mi responsabilidad. Tú te quedas atrás y te aseguras de que seguridad sepa que Wynne y yo continuamos la persecución en los túneles de procesado. Entrégame tu fusil de dardos.


–Sí, señor –respondió Jenkins entregando el arma.


Walden comenzó a bajar la escalera que llevaba a las oscuras y vaporosas profundidades del núcleo del reactor liderando el camino.

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